La cultura del capitalismo de final del siglo XX


Richard Sennet en las conferencias que se publicaron bajo el título “La cultura del nuevo capitalismo”, quiso rebatir lo que los nuevos apóstoles del capitalismo sostuvieron y que venían a decir que el trabajo, talento y consumo añaden más libertad a la sociedad moderna, una libertad fluida, una “modernidad líquida” según la acertada expresión del filósofo Zygmunt Bauman. Para ello, hace un repaso y analiza la evolución de la cultura en el último siglo.

Lo que nos interesa de la obra de Sennet es el análisis de los cambios que se han  producido en algunas aspectos sociales de la humanidad del último siglo, donde ha habido una ruptura con algunos valores que parecían firmemente asentados en la sociedad, sobre todo porque contribuyeron a construir el “capitalismo social”. Este capitalismo social tenía unos principios bien definidos: “la corporación multinacional solía estar entretejida con la política del Estado-nación”, “el tiempo racionalizado” y lo que posteriormente se denomino Estado del Bienestar.

La quiebra de este modelo de capitalismo se produjo poco a poco a lo largo del siglo XX, pero se puede señalar un momento especialmente significativo, “la quiebra de los acuerdos monetarios de Bretton Woods, después de la crisis del petróleo de 1973, que trajo consigo el debilitamiento de las restricciones nacionales a la inversión. A su vez, las grandes empresas se rediseñaron para satisfacer una nueva clientela internacional de inversores que aspiraban más a las ganancias en bolsa a corto plazo que al beneficio de dividendos a largo plazo.” A partir de esta fecha, comenzó a construirse un nuevo orden social emergente.

Sennet se interroga sobre qué cultura puede dar cohesión en una sociedad fragmentada en las que se ha desmantelado las instituciones. Una nueva cultura dada por:

– El tiempo, que ha pasado del largo plazo del tiempo racionalizado o militarizado que producía el relato vital de cada individuo, al corto plazo que transcurre en el presente continuo –ya no hay futuro–, que crea incertidumbre y que tiene al consumo como única vía de conexión con la realidad.

– El talento, que ha pasado del trabajo artesanal o especializado al trabajo aparente, “tiene que parecer que…”,  que tiene que tener la capacidad de adaptarse a cualquier entorno, hay que ser “flexible”, “dinámico”.

– Consumidor, de sujeto con pasado y experiencia a consumidor que tiene que estar en cambio/movimiento permanente.

Pero, ¿por qué y cómo surge?

A raíz de la quiebra de los acuerdos de Bretton Woods, el corto plazo en la empresa y la creación de valor a corto plazo que buscan los fondos de inversión en las empresas han provocado que los trabajos fijos o estables comiencen a debilitarse; las empresa se transforman en “flexibles y dinámicas” que cambian continuamente; y la irrupción de las nuevas comunicaciones provoca inmediatez y angustia de estar a la última.

En el fondo, tal vez ocurre lo que definió Marx, que “el único aspecto constante del capitalismo sea la inestabilidad”, y las desigualdades se han mantenido siempre e incluso ahora se han acrecentado. Pero conviene concluir que el “capitalismo primitivo era una excitación a la revolución” y para evitarlo “en un lapso de cien años, de 1860 a 1970, las empresas aprendieron el arte de la estabilidad”. Gracias a la aplicación “al capitalismo de modelos militares de organización”.

Como nos recuerda Sennet, Max Weber analizó la militarización de la sociedad civil a finales del siglo XIX, concretamente en la era de Bismarck, que dio lugar al “capitalismo social”. Esta militarización consistió en que las empresas incorporaron conceptos militares como planificación estratégica o análisis de resultados; “existencia del tiempo a largo plazo, creciente y ante todo predecible”, es decir, un empleo para toda la vida; y la formación (Bildung). En definitiva, que las empresas se gestionaban como ejércitos con una jerarquía piramidal donde el poder absoluto reside en la cúspide de la pirámide. Y esta pirámide burocrática fue también adaptada por el Estado del Bienestar, siendo uno de los mayores problemas en nuestro tiempo.

Sin embargo es importante destacar que Weber analizó uno de los aspectos básicos para la estabilidad del sistema y personal, y que consiste en “el don del tiempo organizado. Todas las relaciones sociales necesitan tiempo para desarrollarse; un relato vital en el cual el individuo sea importante para los demás requiere una institución con la misma longevidad que una vida personal.”

Este sistema choca con el modelo propuesto por Adam Smith en el que “uno prospera si hace más de lo que debe”, mientras en el modelo de Weber, “el que da un paso fuera de la línea es castigado”.

A partir de aquí se comienza la fragilidad del “capitalismo social”, principalmente, por la transferencia del poder de las empresas a los accionistas que buscan el beneficio a corto plazo que, indudablemente, rompe con la estabilidad porque si no obtengo beneficios, vendo las acciones e invierto en otra empresa. Esto genera incertidumbre a la vez que anula todo proyecto a largo plazo.

Como se ha señalado con anterioridad, esto se produce en la década de los 70 con el fin de los acuerdos de Bretton Woods que “liberó un enorme excedente de capital a escala mundial para la inversión”, principalmente de los fondo de pensiones. En esa época surgieron sofisticado instrumentos de inversión como la compra apalancada, y el poder pasó de los “generales” a los accionistas.

Las consecuencias del cambio son de gran trascendencia: las empresas tienen que parecer atractivas a los ojos del inversor.

A esto hay que sumar el impacto de las nuevas tecnologías en las comunicaciones y automatizaciones del proceso de producción y de gestión, que se resumen en: más rapidez para transmitir información; conocimientos de los resultados en tiempo real; y una clara necesidad de menos trabajadores.

Este cambio ha creado un nuevo “yo idealizado: un individuo que está constantemente adquiriendo nuevas habilidades, cambiando su “base de conocimiento”. En realidad, ese ideal es impulsado por la necesidad de ir delante de la máquina. (…) Ese yo idealizado capaz de prosperar en un mundo de compra apalancada. Este persona idealizada evita la dependencia, no se ata a otros.”

También surge la figura de los reformadores del Estado que quieren desmontar el Estado del Bienestar, a través de más iniciativa y empresa privada, que se alentó a finales del siglo XX en el Foro Internacional de Davos.

Por supuesto que todo ello se traduce en un cambio en las relaciones laborales que busca la precarización de la fuerza del trabajo. En teoría los empleados son un “valor” para la empresa, pero cuando se rediseñan las empresas a menudo los empleados no tienen ni idea de qué les sucederá. En este proceso entran en juego los “consultores”.

Los consultores son los que ejecutan las políticas que las empresas no se atreven a realizar directamente. Bajo la excusa de que lo dicen los consultores, se han realizado verdaderas aniquilaciones de empresas y servicios públicos.

Esto ha producido tres déficit del cambio estructural:la baja lealtad institucional, la disminución de la confianza informal entre los trabajadores y el debilitamiento del conocimiento institucional. En este sentido, el trabajo de los relatos o storytelling de las empresas tiene como objetivo dar la sensación de que esto no sucede en las empresas.

Sennett hace una dura reflexión sobre la formación y la realidad del mercado y la sociedad para dar un puesto de trabajo, y concluye con la idea de “Ricardo, quien sostiene que la sociedad de las habilidades tal vez necesite sólo una cantidad relativamente reducida de personas educadas y con talento, sobre todo en el dominio puntero de las altas finanzas, la tecnología de vanguardia y los servicios sofisticados. Tal vez la maquinaria económica sea capaz de funcionar beneficiosa y eficientemente sobre la base de una élite cada vez más estrecha”.

Además, el fantasma de la inutilidad se ve reforzado porque las empresas en una economía global se “traslada a economías de salarios bajos con trabajadores cualificados y a veces incluso sobrecualificados”. Estos fenómenos son en parte responsables del “temor a los extranjeros”.

La automatización tanto en los grandes procesos de producción (industrias pesadas) como en tarea administrativas y humanas (a través de la informática), han expulsado a un ingente número de personas de sus puestos de trabajo a la par que la rentabilidad, productividad y beneficios han aumentado considerablemente reduciendo los costes de personal; que además son más dóciles.

A esto debemos sumar que “la organización de vanguardia tiende a considerar estancadas, lentas y con energías menguantes a los empleados de mayor edad”. En parte es verdad porque las habilidades adquiridas en la etapa de estudiante, conforme pasan los años se quedan obsoletas, y es más barato contratar mano de obra joven que reciclar a los antiguos. Además, “en las empresas la edad marca una diferencia importante entre lo que el economista Albert Hirschmann ha llamado “salida” y “voz”. Los trabajadores jóvenes, más dóciles, prefieren irse cuando están descontentos; en cambio, los trabajadores mayores, más críticos, dan voz a su malestar”.

Sennet se suma a la propuesta de Theodore Kheel para buscar una salida a la automatización y que consiste en “crear puestos de trabajo remunerados a partir del trabajo hasta entonces no pagado, como el cuidado de los niños o servicios comunitarios”.

Una de las paradojas que señala Sennett es que cuando los ciudadanos son consumidores, lo que les importa es comprar barato, independientemente de que sean productos fabricado en condiciones de explotación. Del mismo modo eligen a los políticos, “así como raramente la publicidad pone las cosas difíciles para el cliente, también el político se presenta de forma que su compra resulte fácil”. Esto se debe en parte por la insatisfacción de los deseos, sobre todo cuando se desean objetos que cuando se consumen pierden todo interés. Para mantener una pasión que se autoconsume existen dos explicaciones: el motor de la moda y la obsolescencia programada”. Es decir, por un lado la mercadotecnia y por otro, la producción.

“…Esta experiencia implica más que la simple ambición que lleva a un sujeto a no estar nunca satisfecho con lo que tiene. Cuando las instituciones están ellas mismas sometidas a continua reinvención, las entidades laborales también se gastas, se agotan. La organización flexible, por el contrario, premia las habilidades transferibles, la capacidad de trabajar en problemas diversos con personas distintas cada vez y sacar a acción de su contexto. La búsqueda de talento, en particular, se centra en la gente con habilidad de resolver problemas prescindiendo del contexto, un talento que evita la profundización”.

Lo importante y el fin de todo ello es que “cuando la gente se dedica a comprar cosas, parece deseable estimular la pasión que se autoconsume. Y lo parece en dos sentidos: uno directo, el otro sutil. El primero se da a través de las marcas, el otro a través de la atribución de poder y potencialidad a las cosas que se van a comprar.”

El problema actual es que el consumidor ya no posee el conocimiento del artesano, es decir, sobre la producción de un producto, y las empresas aprovechan ese desconocimiento para hacer parecer diferentes productos fabricados bajo la misma plataforma de producción. Para crear la sensación de que los productos son diferentes se acude a la publicidad y descontextualización.

En este sentido, introduce el concepto de “sensación de cambio personal” del sociólogo Guy Debod, “el consumidor participa en el acto de crear una marca, y en este acto importa más el dorado que la plataforma”. (…) Un segundo signo en la pasión por el consumo reside en la potencia. La potencia es algo que podemos comprar”.

En nuestra sociedad todo el mundo compra objetos no por lo que dan, sino por las múltiples opciones, la potencia de los mismos, porque “el deseo de los hombres se moviliza cuando la potencia se divorcia de la práctica”.

Este ethos de la potencia puede volver vulnerables a las propias compañías, como cuando los inversores ven en ellas una cierta e indefinible posibilidad de crecimiento”.

Al igual que para el consumidor nada es suficiente, “semejante convicción opera en la esfera económica, cuando una compañía que obtiene ganancias se reorganiza para crecer, pues obtener ganancias ya no es suficiente”. Además, al estar implantadas en todas las grandes actividades económicas les proporciona los argumentos para desplazar al Estado y tener un mayor control de la economía nacional y mundial.

Así surge el discurso de las empresas que quiere rellenar el hueco del Estado, en parte motivada porque los partidos políticos cuando alcanzan el poder se dedican a crear políticas que potencian la burocracia centralizar cada vez más el poder al tiempo que se niegan a hacerse responsables de sus ciudadanos, lo que les deja en bandeja esa usurpación o delegación.

El concepto de relato único se puede asemejar al concepto de plataforma de los productos fabriles y plataforma política que utiliza Richard Sennet: “La plataforma de Volkswagen es una chasis común a partir del cual se magnifica el valor de unas insignificantes diferencias materiales para convertirlas en marcas. La política moderna adopta una forma similar que solemos llamar consenso político”. Podemos afirmar que existe un consenso general entre las grandes corporaciones según la cuál el mensaje final es que las corporaciones son las que verdaderamente se ocupan de los problemas de los ciudadanos y dan los servicios que precisan, todo ello de una manera eficiente y beneficiosa para la sociedad.

En el próximo posts analizaré un ejemplo que explica esta conclusión.

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Archivado bajo Comunicación, Economía, Sociología

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